miércoles, 14 de enero de 2009

DE ISLA A ISLA.
A Doralina, mi madre.

Todos los días, al levantarse o al ponerse el sol,
Quiero hablar con mis padres,
O con la gente de mi pueblo.
Armo un puente invisible,
Desde esta isla pequeñita,
Hasta mi isla grande,
Y les pregunto a todos como están:
Si están,
Si viven,
Si aún existen.
Mi gente habla despacio,
No dicen las cosas como son.
Descubro en sus palabras unas cuantas metáforas,
Un silencio entre sílabas que cabalga en secreto.
Saben, que alguien escucha;
Que esta conversación
Puede tener un desenlace fatal,
Porque en mi isla grande,
Está prohibida la verdad.

Todas las tardes,
Como cuando era niño,
Me voy hasta las márgenes del río de mi pueblo,
Miro sus aguas transparentes y profundas,
Saco mi flauta de bambú
Y pongo a caminar, sobre las aguas,
Los acordes de “La Bayamesa”.
Le canto a Dios,
Porque sobre la torre de la iglesia,
Oigo como repican las campanas,
En la última hora del crepúsculo.

Entre mi isla grande y esta isla pequeñita,
Hay miles de kilómetros de mar.
Todas las tardes, yo hago ese trayecto:
Para hablar con la gente de mí pueblo,
Para ver como están,
Para saber si están,
Si viven,
Si aún existen...
Para decirle desde esta isla pequeñita,
Que todavía es posible la esperanza.

Mi madre me contaba hace unos días,
Que están llenos de flores los nogales del parque.
Que el hambre y la tristeza
Deambulan por los pueblos de la isla,
Con la brisa del Trópico,
Que pasa anunciando el huracán.
Dice que la palabra está prohibida,
Que hay que ir en silencio
Sin preguntar ni responder,
Y a pesar de estas cosas,
Los nogales del parque han florecido,
Y apareció una luz,
Cuyo origen está por descubrir
Y que con el dolor crece la fe,
Porque Dios, es el agua,
Y el río se desbordó esta semana...
Mi madre inventa claves,
Para contarme las cosas de mí pueblo.

Desde esta isla pequeñita,
Todos los días sueño con mi isla grande.
Hablo con ella,
Bajo el indicador de la palabra libertad
Y los agentes para los teletipos,
Porque temen que el pueblo se entere de mi plática.

Yo sé leer los signos,
Los invento.
Hago con la semiótica una palma
Y trasplanto las penas de los míos
A las penas del mundo,
Y me voy hasta el parque de mi pueblo,
Para ver desde allí,
Junto a mi madre,
Como han florecido los nogales.

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